Introducción: Un enemigo invisible y burlón
En marzo de 1984, Japón se sumergió en una de las pesadillas más extrañas y sofisticadas de su historia criminal. Todo comenzó con el secuestro de Katsuhisa Ezaki, el presidente de la gigante de dulces Glico. Aunque logró escapar días después, lo que siguió no fue el final de la historia, sino el inicio de un juego macabro. Un grupo anónimo, autodenominado «El Monstruo de las 21 Caras», comenzó a enviar cartas burlonas a la policía y a los medios de comunicación, desafiando a las autoridades a atraparlos en una cacería pública.
Dulces envenenados: Pánico en los supermercados
El grupo llevó el terror a otro nivel cuando anunció que habían inyectado cianuro en cajas de dulces Glico y las habían colocado en los estantes de los supermercados por todo el país. El pánico fue absoluto. Millones de productos fueron retirados, las ventas se desplomaron y miles de empleados temieron por sus puestos de trabajo. Las cartas no dejaban de llegar, mofándose de la ineptitud de la policía: «Queridos policías tontos, ¿por qué no nos atrapan? Parece que están perdidos».
El hombre con ojos de zorro
Durante los intentos de entrega de rescate, la policía estuvo a punto de capturar a un sospechoso clave. Fue descrito como un hombre de mirada fría y penetrante, apodado «El Hombre con Ojos de Zorro». Fue visto en estaciones de tren y cerca de los puntos de entrega, observando todo con una calma inquietante. A pesar de los operativos masivos, el sospechoso lograba desvanecerse entre la multitud como si fuera un fantasma, humillando una y otra vez a los mejores investigadores de Japón.
Un final tan misterioso como su inicio
Después de meses de extorsión y tras el trágico suicidio de un jefe de policía que no pudo soportar la vergüenza del fracaso, el «Monstruo» envió su última carta. En ella, declaraban un cese al fuego: «Somos malos, pero tenemos cosas mejores que hacer que torturar empresas. Hemos decidido perdonar a Glico». Tan repentinamente como aparecieron, desaparecieron para siempre. Nunca se supo quiénes eran, cuál era su verdadero motivo ni por qué decidieron detenerse. El caso prescribió años después, dejando una cicatriz de misterio eterno en la sociedad japonesa